La figura se presenta como un autorretrato que renuncia a la fidelidad para abrazar la distorsión como lenguaje. El rostro, fragmentado y reconstruido a través de capas de color disonante, sugiere una identidad en constante reconfiguración, atravesada por estímulos, referencias y pensamientos simultáneos. No hay estabilidad: la imagen vibra, se desborda, se contradice.